Cuando se habla de Omega, es habitual que la conversación gire en torno a colecciones como el Speedmaster, Seamaster, Railmaster o Constellation. Sin embargo, limitar la historia de la manufactura a estos modelos sería pasar por alto una parte fundamental de su legado.
Durante buena parte del siglo XX, Omega también produjo algunos de los relojes de vestir más refinados de la industria, piezas que combinaban excelencia mecánica, elegancia y una notable atención por los detalles. Entre ellas, la colección Tresor ocupa un lugar especialmente destacado. A lo largo de las décadas de 1940 y 1950, la colección se convirtió en una demostración de todo aquello que distinguía a la manufactura: calidad de construcción, fiabilidad mecánica y un diseño capaz de trascender modas y generaciones.
Este ejemplar, producido en 1956, refleja perfectamente esa filosofía. Lo primero que llama la atención son sus proporciones. Con un diámetro de 36 mm, se situaba muy por encima de la mayoría de relojes de vestir de su época, que habitualmente oscilaban entre los 30 y 32 mm. Lo que hoy consideramos una medida clásica y versátil era entonces una propuesta sorprendentemente moderna, dotando al reloj de una presencia en muñeca que sigue sintiéndose plenamente actual casi setenta años después.
La caja, realizada en oro rosa, fue fabricada por Favre & Perret, identificable por el conocido martillo número 115. Este prestigioso fabricante suizo suministró cajas a algunas de las firmas más importantes de la relojería, entre ellas Patek Philippe, y destacó por la calidad de ejecución de sus trabajos. Las líneas limpias, las proporciones equilibradas y la excelente construcción de esta caja son un magnífico ejemplo de ello.
La calidez del oro rosa se extiende también a la esfera, donde encontramos numerales e índices aplicados realizados en el mismo material. El resultado es un conjunto especialmente armonioso, elegante sin resultar ostentoso.
En su interior late el calibre Omega 267, uno de los movimientos de carga manual más apreciados de la legendaria familia de calibres de 30 mm. Reconocido por su robustez, precisión y fiabilidad, este movimiento contribuyó de manera decisiva a consolidar la reputación de Omega como una de las grandes manufacturas suizas de la época.
Tan destacable como la propia referencia es el estado de conservación de este ejemplar. La esfera presenta una frescura extraordinaria, sin las marcas de envejecimiento o la pátina que habitualmente encontramos en relojes de esta antigüedad. Conserva además su cristal original y su corona original, elementos cada vez más difíciles de encontrar en piezas de mediados de los años cincuenta. Todo ello permite apreciar el reloj prácticamente tal y como fue concebido por Omega hace casi siete décadas.
Siempre he pensado que los mejores relojes vintage son aquellos que consiguen mantenerse vigentes mucho tiempo después de que desaparezca el contexto para el que fueron creados. Este Trésor es uno de ellos. Sus proporciones adelantadas a su tiempo, la calidad de su construcción y la sobriedad de su diseño hacen que hoy resulte tan atractivo como en 1956, se trata de un reloj que puede ser disfrutado hoy tanto por quienes se inician en la relojería vintage como por coleccionistas con décadas de experiencia.
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